Olor a secundaria.
Se sube en ascensor hasta el quinto, se baja por la escalera, porque cuando uno va hasta la isla (que queda en el último piso) no quiere que se enteren a donde va, entonces va por la escalera y vuelve por ahí tambien, escalón por escalón porque sabe que no es filmado. Las cámaras hacen que el edificio parezca un capítulo de algún libro de Orwell, pero es nada más que un edificio gordito al lado de una avenida más, por donde el 168 y el 151 se frenan y se sonríen.
El tipo que abre la puerta es de esos que después de muertos te causan ternura, de esos mártires del ingenio, esos trovadores sin oídos que lo escuchen, hasta que de repente muere y un cassette mal grabado en una radio de cocina, te lleva su sonido hasta tu oreja, previo aviso de un amigo diciendo "no sabes lo que conseguí".
En la cinta suenan ruidos raros, suena un ventilador prendido arriba de un amplificador de guitarra, por donde el bajo retumba. Miran las Biblias, los diccionarios de Latín, Griego y Francés, mira el lobo estepario en alemán y en portugués. Las hojas van y vuelven por el vientito del Tomasha. El calor, el olor, recuerdos de estar en chomba y pantalón gris, de correr para llegar a Angelotti, para que no te cargue cuando te falta una lagartija para llegar a ser normal. Llegar tarde por haber estado tocando pedacitos de cuerda de criolla en un sucucho con olor a encierro, pero siempre con la ventana abierta, esperando la inspiración y dejarla entrar por la ventana, para que se vuelva tinta en una Bic y palabras en una hoja de matemáticas nº3.
En mi isla soy feliz, tengo pesca y tengo paz
Y puedo hacer lo que quiera, allí nada es ilegal. Nada es ilegal.
El tipo que abre la puerta es de esos que después de muertos te causan ternura, de esos mártires del ingenio, esos trovadores sin oídos que lo escuchen, hasta que de repente muere y un cassette mal grabado en una radio de cocina, te lleva su sonido hasta tu oreja, previo aviso de un amigo diciendo "no sabes lo que conseguí".
En la cinta suenan ruidos raros, suena un ventilador prendido arriba de un amplificador de guitarra, por donde el bajo retumba. Miran las Biblias, los diccionarios de Latín, Griego y Francés, mira el lobo estepario en alemán y en portugués. Las hojas van y vuelven por el vientito del Tomasha. El calor, el olor, recuerdos de estar en chomba y pantalón gris, de correr para llegar a Angelotti, para que no te cargue cuando te falta una lagartija para llegar a ser normal. Llegar tarde por haber estado tocando pedacitos de cuerda de criolla en un sucucho con olor a encierro, pero siempre con la ventana abierta, esperando la inspiración y dejarla entrar por la ventana, para que se vuelva tinta en una Bic y palabras en una hoja de matemáticas nº3.
En mi isla soy feliz, tengo pesca y tengo paz
Y puedo hacer lo que quiera, allí nada es ilegal. Nada es ilegal.

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