Hecha plaza. Hecha percha
Mientras duerme Dios en el más allá, mientras respira aire de mar, acostado en una nube, de la pared se escapa un personaje. A pesar de padecer dos dimensiones y estar contra una pared, casi a punto del fusilamiento visual, abajo de una promesa de amor, se las arregla para escapar. Baja despacito y en puntitas de pie, en plena noche de Luna llena camina por el empedrado hasta que un colectivo imaginario se la lleva a otro barrio.
Al llegar, se calma un poco y su dimensión se multiplica en un montón de su personaje. En cantidad funciona mejor, y sin pasar a una tercera, en dos dimensiones camina por el pasto largo que no cortó la municipalidad, se apoya sobre la pared. Uno se apoya en el rojo, otro en el verde y así los personajes encuentran su lugar. Cuando dan las seis en el más acá aparece la primer persona con su rutina, en la corrida no nota nada distinto. Nadie se da cuenta de la rutina de las cosas que no se mueven. Parece que no se mueven. Entre tags y confesiones de amor, suspira el personaje mientras cumple sus ocho horas.
Al llegar, se calma un poco y su dimensión se multiplica en un montón de su personaje. En cantidad funciona mejor, y sin pasar a una tercera, en dos dimensiones camina por el pasto largo que no cortó la municipalidad, se apoya sobre la pared. Uno se apoya en el rojo, otro en el verde y así los personajes encuentran su lugar. Cuando dan las seis en el más acá aparece la primer persona con su rutina, en la corrida no nota nada distinto. Nadie se da cuenta de la rutina de las cosas que no se mueven. Parece que no se mueven. Entre tags y confesiones de amor, suspira el personaje mientras cumple sus ocho horas.

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