30.12.06

Llanto de ahogado.

Si el único trimestre que pareció sonreír fue cuando estuvo abrazado a su cinturita de modelo y enganchado a su sonrisa perfecta. El único trimestre con sonrisa de amor, en un mundo de amor, encadenado a ella, pero con cadenas que no se ven. El único trimestre que podía sonreír y no perdía piel en su pómulo o su nariz no asfaltaba un carril más donde pasara aquel sorbete. El único trimestre sin ojos sangrados, con sangre creada del humo, para no ver los gritos y no oír la verdad pasando en bicicleta por su cuadra. El único trimestre que aspiraba a chocolatada y a azulejos de tarde porteña. El único día después, que deambuló por el barrio, caminando y flotando entre piernas de mentira, sin voz ronca de alcohol y llanto de perdido. Ese único día que estuvo tirado en el piso, como cuando jugabamos al futbol cuando chicos, y quedaba llorando, pero éste era un llanto de ahogado. El agua llegó hasta el cuello y por los ojos se escapa. La cara de incrédulo le ganaba a la de corcho negro, una contradicción que no podía llegar a su esencia más máxima. No podía ser más peor nunca, pero nunca. Un relato de Shakespeare en pleno Colegiales. Montescos y Capuletos caminando por Conde y Céspedes, llorando de amor, llorando de verdad.

Mi ilusión es como una Panamericana directo hacia vos.

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