Cambalache-Cachivache-Confusión.
Tres palabras para un mundo que viene y que va enloquecido, tarambeando y caminando con unas copas de más, hasta que llegue su final, tirado en un Parque botella en mano y bronca en voz. Qué otras palabras podrían explicar que hasta la rubiecita modelo del barrio tiene un tema del negro cabeza con Dreads, que la niña que soñó con Disney y aspira con Nueva York, canta y baila que estamos cada vez más yanquis. Si de repente uno llega al Camello del Cono Sur, que no es tan buscado como en el mar Caribe, pero que igualmente es de lo más lindo de la street, y ve que hay uno de menos en su patria, y uno de más allá, con los billetes entre los dedos y nariz de cocacolero, ofreciendo uno, o a lo mejor (y con suerte si todo sale bien), ofreciendo dos. Buscar para sentarse y confiar en el cesto y el recorrido. Si el más enamorado canta y se preocupa por qué le va a pasar si se le rompe el corazón antes de llegar a su puerta. Si la boina escocesa del compadre rosarino, sentado en la platea, ya hace que nadie sienta tierno al hecho de sentir unos colores, un amor. La gente perdió la sorpresa y esta curada de espanto, lo estandard está en cada uno de los estantes de este supermercado de Cambalaches, que encuentra al que no tiene nada sufriendo por lo que tiene y al rico por lo que no tiene, y no sólo así. Ya lo dijo Enrique Santos que iba a pasar, sólo parece que le erró por unos siete años, porque hoy en día seguimos y parece que sigue y sigue, y no para. Hasta que el globo de tanto enloquecer, tarambear y caminar con copas de más, llegue a un final. Que no te asfixie, que hay que seguir caminando y confiando en lo que se siente. Catarsis pura, dicen que a veces funciona, otras veces, hasta el que ruega con tres equis de amor, se lamenta de no poder contenerse. ¿Para qué contenerse? Si no sabemos hasta donde llega el mañana.
Hoy si quiero.
Hoy si quiero.

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