Ojalá.
A la tarde realizó su mejor compra, en una carpita de la feria, le vendieron un sonido envasado en un frasco de esos de mermelada. Todavía tenía la etiqueta del gusto de la cosa pegajosa para el desayuno, medio borroneada, medio celeste azulada. A simple vista el frasco parecía vacío. Le anticiparon que la cosa podía ser grande si la deseaba, que sólo con cerrar los ojos y desear, se iba a ir mezclando con los sonidos que anhelaba, y el sonido iba a ser uso. De repente su dimensión se iba a simplificar en una, en una solita. Y así fue.
Los parlantes marrones no pararon de quejarse un segundo, y el cassette que recordaba un viejo concierto en un viejo estacionamiento de autos, de un viejo estacionamiento, de un viejo lujo de verano, en una vieja ciudad bonaerense, en pleno día diáfano día, se terminó convirtiendo en lo único que pudo oír y al abrir los ojos, estaba ahí, gritando puño en alto que cuando se grita basta inaplazable es la hora. En un abrir y cerrar de ojos, ojalá todos los deseos fueran así.
Los parlantes marrones no pararon de quejarse un segundo, y el cassette que recordaba un viejo concierto en un viejo estacionamiento de autos, de un viejo estacionamiento, de un viejo lujo de verano, en una vieja ciudad bonaerense, en pleno día diáfano día, se terminó convirtiendo en lo único que pudo oír y al abrir los ojos, estaba ahí, gritando puño en alto que cuando se grita basta inaplazable es la hora. En un abrir y cerrar de ojos, ojalá todos los deseos fueran así.

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