Despedida.
Parecía ya esas películas en blanco y negro del año 20, que se repiten en el 30, en los 50 ya con otras ropas, en los 60 a color, en los 70 una versión medio bizarra, en los 80 con David Bowie de extra y en los 90 con rubias pechugonas. Una y otra vez la misma historia, pasan los años, los días, los protagonistas se mueren y se van, y llegan los nuevos, y los más nuevos y siempre la misma novedad, siempre el mismo dolor. Siempre casi sin notarlo, un día caminan por la vereda del sol y de repente su sombra se frena y no quiere caminar. Se frena, y no se queja, porque claro cómo va a hablar una sombra. El mundo está medio girado, pero no tanto. La sombra se fue (como había hecho todas las otras veces, en el 20, en el 30, en el 50, en el 60 a color, en los 70, y en los 90), pero un día de siglo veintiuno, el protagonista no corrió a buscarla, no se extrañó por lo que pasó, sino que descorchó una sidra y brindo por ser soltero otra vez.

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