La ciudad.
Estando la tierra lastimada por el poder y los triunfos de los señores de la tierra y de la guerra, el viento se alza desde las praderas valdías y se queja.
En la ventolera se escucha bramar a los animales: los arrancan de las pasturas y los claros del monte y los arrean a los mataderos y los meten en los bretes: los empujan a la muerte a golpes de picana eléctrica: les cierran la trampa de madera: les aplastan los huesos del cráneo.
Una mujer canta en el café que da a la plaza y el viento conduce su harapienta voz de gorrión y se lleva los vagidos de las cuerdas del violín. El viento trambién transmite el griterío pavoroso de un hombre que revienta su vaso de vino contra el suelo y propone ahogar a todos los viejos en un inmenso vómito de veneno y a los muchachos les grita váyanse, no hay ningún destino, sálvense, váyanse al culo del mundo. Y acarrea otras cosas el viento, como ser, sin ir más lejos, el alboroto de un preso que imita a un perro que ladra y se va convirtiendo en un perro que imita a un preso y no deja dormir a los demás presos.
Aullando a lo animal, el viento arremete y rompe las amarras de las embarcaciones, humilla los árboles, atropella las puertas, invade las casas: el hombre acorralado salta y enfrenta al viento con un dedo en el gatillo. El hombre acorralado duerme con un solo ojo y despierta antes que el día. Le dan mied los ecos de sus propios pasos y los focos de los automóviles que doblan en las esquinas. Los gatos que se descuelgan de los tejados también le dan miedo. Camina de oscuridad en oscuridad, pegado a las paredes. El hombre acorralado puede irse pero se queda, atado a la ciudad por una deuda misteriosa que el viento conoce. Se queda y va orejeando, sin sorpresa, las barajas desgraciadas que le esperan en el mazo.
El viento norte viene con tierra; el del este, con lluvia; el pampero, con frío; y todos arrojan remotos puñales contra los vidrios de las ventanas y anuncian el huracán criminal que alguna vez vendrá con fuego y nos revelará la palabra buscada.
Mientras tanto, en los potreros, relinchan los caballos en celo, y el viento trae el olor del deseo, que es el olor del primer día de la Creación.
Galeano. La Canción de Nosotros, al final.
En la ventolera se escucha bramar a los animales: los arrancan de las pasturas y los claros del monte y los arrean a los mataderos y los meten en los bretes: los empujan a la muerte a golpes de picana eléctrica: les cierran la trampa de madera: les aplastan los huesos del cráneo.
Una mujer canta en el café que da a la plaza y el viento conduce su harapienta voz de gorrión y se lleva los vagidos de las cuerdas del violín. El viento trambién transmite el griterío pavoroso de un hombre que revienta su vaso de vino contra el suelo y propone ahogar a todos los viejos en un inmenso vómito de veneno y a los muchachos les grita váyanse, no hay ningún destino, sálvense, váyanse al culo del mundo. Y acarrea otras cosas el viento, como ser, sin ir más lejos, el alboroto de un preso que imita a un perro que ladra y se va convirtiendo en un perro que imita a un preso y no deja dormir a los demás presos.
Aullando a lo animal, el viento arremete y rompe las amarras de las embarcaciones, humilla los árboles, atropella las puertas, invade las casas: el hombre acorralado salta y enfrenta al viento con un dedo en el gatillo. El hombre acorralado duerme con un solo ojo y despierta antes que el día. Le dan mied los ecos de sus propios pasos y los focos de los automóviles que doblan en las esquinas. Los gatos que se descuelgan de los tejados también le dan miedo. Camina de oscuridad en oscuridad, pegado a las paredes. El hombre acorralado puede irse pero se queda, atado a la ciudad por una deuda misteriosa que el viento conoce. Se queda y va orejeando, sin sorpresa, las barajas desgraciadas que le esperan en el mazo.
El viento norte viene con tierra; el del este, con lluvia; el pampero, con frío; y todos arrojan remotos puñales contra los vidrios de las ventanas y anuncian el huracán criminal que alguna vez vendrá con fuego y nos revelará la palabra buscada.
Mientras tanto, en los potreros, relinchan los caballos en celo, y el viento trae el olor del deseo, que es el olor del primer día de la Creación.
Galeano. La Canción de Nosotros, al final.

1 Comentarios:
El primero de julio lo saco, si nadie se anticipa a mi.
Que genial soy eligiendo libros (?).
Ja, un abrazo, brother.
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