La ciudad.
¿A quien o a que cantaran los trovadores? Alguien quedara, para recordarlo así:
Había quienes morian de frío, en los portales de las iglesias o en las canteras del parque, frente a la playa; había quienes aparecían abandonados entre las rocas, con los huesos rotos y la carne reventada por el plomo. Un hombre atado escuchaba los aullido0s de su hija, mientras la partían por la mitad en el cuarto de al lado. Los presos reconocían a los verdugos por las voces y los olores y las maneras de pegar.
Descubríamos que sentíamos miedo, y eso nos llenaba de asombro y de vergüenza. La ciudad vivía con el aliento cortado. El aire estaba envenenado por la desconfianza: se hablaba en voz baja, las voces no tenían eco, las voces no coincidían con las caras. Estar libre resultaba sospechoso, pero nos encontrábamos sueltos y vivos y nos daban ganas de felicitarnos. Los niños dibujaban túneles y animalitos que escapaban por los túneles. Se hacía el amor como si no fuera a repetirse nunca: "Si caigo y no me matan, voy a mandarte cartas debajo de la lengua de alguien". Decir "Hasta la semana que viene", era una estupidez. Pensaste, dijiste, dudaste: alguien murmuraba tu nombre antes de desmayarse: reconocías el reloj de tu mejor amigo en la muñeca del soldado que entraba a detenerte.
Los días no se tomaban unos a otros de la mano, no se abrían paso en fila india, amablemente, lento flujo del aceite del tiempo, ida y vuelta, va y viene, no: los días se atropellaban y se montaban unos sobre otros y caían al vacío con las piernas enredadas: zumbaba, atacarían, acosan: naciste mañana, morirías ayer: dijiste dirás adiós amor o miedo ardiendo en esos ojos que me miraron la próxima última vez.
La canción de Nosotros. De alguien al que le decían Gius.
Había quienes morian de frío, en los portales de las iglesias o en las canteras del parque, frente a la playa; había quienes aparecían abandonados entre las rocas, con los huesos rotos y la carne reventada por el plomo. Un hombre atado escuchaba los aullido0s de su hija, mientras la partían por la mitad en el cuarto de al lado. Los presos reconocían a los verdugos por las voces y los olores y las maneras de pegar.
Descubríamos que sentíamos miedo, y eso nos llenaba de asombro y de vergüenza. La ciudad vivía con el aliento cortado. El aire estaba envenenado por la desconfianza: se hablaba en voz baja, las voces no tenían eco, las voces no coincidían con las caras. Estar libre resultaba sospechoso, pero nos encontrábamos sueltos y vivos y nos daban ganas de felicitarnos. Los niños dibujaban túneles y animalitos que escapaban por los túneles. Se hacía el amor como si no fuera a repetirse nunca: "Si caigo y no me matan, voy a mandarte cartas debajo de la lengua de alguien". Decir "Hasta la semana que viene", era una estupidez. Pensaste, dijiste, dudaste: alguien murmuraba tu nombre antes de desmayarse: reconocías el reloj de tu mejor amigo en la muñeca del soldado que entraba a detenerte.
Los días no se tomaban unos a otros de la mano, no se abrían paso en fila india, amablemente, lento flujo del aceite del tiempo, ida y vuelta, va y viene, no: los días se atropellaban y se montaban unos sobre otros y caían al vacío con las piernas enredadas: zumbaba, atacarían, acosan: naciste mañana, morirías ayer: dijiste dirás adiós amor o miedo ardiendo en esos ojos que me miraron la próxima última vez.
La canción de Nosotros. De alguien al que le decían Gius.

3 Comentarios:
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Porque así se pronuncia su apellido paterno.
preguntas sin respuesta pueblan mi mente.
Publicar un comentario
Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]
<< Página Principal