Frío el amarillo.
El perro contra la ventana. Negro con algunos salpicones blancos, ovejero y alemán. El olor a perro se siente en la imaginación de cada uno cuando pasa por la puerta. Es fuerte el olor a perro cuando uno no tiene algo vivo con cuatro patas en la casa, sólo mesas y madera. Adentro, del lado normal de la reja, con la barba con algunos salpicones blancos, juega con la boca y un escarbadientes un señor de boina. Desde Stanford para abrigarlo a usted, los cuadros escoceses se la juegan para hacerle frente al frío polar que agobia el sur de la ciudad. Lo amarillo del mostrador y las crónicas rojas de la televisión en la pantalla hacen ruido. No se anuncia ningún número todavía.
En su cabeza flotan los números como en una sopa. Salen a la cabeza los números de camiseta de sus jugadores favoritos, los nacimientos de los hijos que ya olvidó, fecha, mes y hora; el número de la suerte que nunca gana y sus sueños más profundos. El sueño más profundo de acertar y dejar por fin de estar atado a una corbata, paseado por su dueño. El sueño de una asunción, casi mariana, a un cielo de pan y amor.
El amarillo de las luces y el zumbido de una mosca del lado de adentro de la lámpara impide escuchar con nitidez la voz de locutor que anuncia que ganó el amarillo. En un domingo al sur de lo real, no ganó ni el negro ni el colorado, sino que el amarillo se hizo victorioso. Tras la mosca, el moscato, el mostrador y los pelos del perro viejo, por sobre todas las cosas, el color que baña su cara las noches empedradadas. Es más luna llena su cara de amarillo farol de la ciudad, que la misma luna llena. Es triste que haya ganado el amarillo en este Quini 6. Mañana, otra vez en la boca jugar con el escarbadientes y que vuelva a salir el negro, el colorado, y toda una gama de colores de mala suerte, muerte. Sólo una vez se gana el amarillo.
En su cabeza flotan los números como en una sopa. Salen a la cabeza los números de camiseta de sus jugadores favoritos, los nacimientos de los hijos que ya olvidó, fecha, mes y hora; el número de la suerte que nunca gana y sus sueños más profundos. El sueño más profundo de acertar y dejar por fin de estar atado a una corbata, paseado por su dueño. El sueño de una asunción, casi mariana, a un cielo de pan y amor.
El amarillo de las luces y el zumbido de una mosca del lado de adentro de la lámpara impide escuchar con nitidez la voz de locutor que anuncia que ganó el amarillo. En un domingo al sur de lo real, no ganó ni el negro ni el colorado, sino que el amarillo se hizo victorioso. Tras la mosca, el moscato, el mostrador y los pelos del perro viejo, por sobre todas las cosas, el color que baña su cara las noches empedradadas. Es más luna llena su cara de amarillo farol de la ciudad, que la misma luna llena. Es triste que haya ganado el amarillo en este Quini 6. Mañana, otra vez en la boca jugar con el escarbadientes y que vuelva a salir el negro, el colorado, y toda una gama de colores de mala suerte, muerte. Sólo una vez se gana el amarillo.

1 Comentarios:
Revisamos... y llegamos a lo mismo. Hulla.
Ya te dije que me gusta este texto, me gusta bastante ;)
Abrazo grande.
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