7.3.07

Carta.

Carta al viajero perdido en la ciudad de la gente que hablaba sola:

Si te preguntás porqué esta sensación de estar abierto a todo lo que pase, yo tampoco entiendo mucho.
Pero, dejame decirte, siempre creí que se trata de esta ciudad gris, a veces con esa cosa medio gótica que podés encontrar por ahi, quizás simplemente paseando o tomando un helado.
Uno se abre a lo incierto estando acá. Ve a la gente y sus miserias todas para afuera. Ve la basura ciudadana: el hambre ensuciando la calle y el imsomnio de aquella señora rondando como los papeles y envoltorios de alfajores.
Alguna vez crei que era yo que estaba quedando medio loco. Después, compañero, cuando me mencionaste simplemente eso de "qué raro tanto delirio" entendí que no estaba tan solo en esto de percibir cambios emocionales cada vez que paso de lo verde a lo gris, del mar al cemento.
Uno se va volviendo inmune, de todas formas. Como si los edificios crearan seudópodos de cemento y nos fueran dejando menos sensibles. O quizás sea en revés. Quizás simplemente el bombardeo de cosas nos abruma.
Ayer me dijeron que la gente en esta ciudad despintada está sola todo el tiempo. Me lo dijo alguien que se cansó y que se va a vivir a otro lado. Me dijo que la gente acá se acostumbra a la soledad de esta realidad una década atrasada. Se acostumbra a la señora con insomnio, se acostumbra a las puertas viejas con ventanas que tienen tablitas y siempre, siempre, están cerradas.
No sé, yo no me siento solo (compañero!) pero me parece que es cierto, que no era simple tragedia de él.
Así me voy dibujando el perfil de este lugar donde todo está a 10 cuadras de distancia, donde el gas viene en garrafas, donde las plantas se llenan de polvo hasta que alguno se apiada y las retira de la vista, no para salvarlas, no para darles algo que respirar, solo para que no las vean los solitarios transeúntes.
Así llegamos a estar ahí, a esa hora de la noche, esperando el colectivo. No había cura para lo que es una general del que vive acá o se anima a venir de visita. La solución momentánea era, simplemente, dejarlo ir, o incorporarlo al organismo y vivir con eso.
Ahora, tiempo después, pienso que quizás todo es tan así porque aprendimos a desear más que a vivir, a imaginar más que a palmar, gustar, oir, sentir. Quizás en esta ciudad de calles pequeñas y empedradas, la gente aprende a vivir.
Si la enseñanza se transforma en alas en o en una cruz, supongo, depende de cada uno.
La heladería quedaba a diez cuadras, que son millones de kilómetros comparado con lo cercanos que están los buenos momentos.

Firmado: Algún optimista, compañero de viaje.

1 Comentarios:

Blogger Mariana dijo...

Me gusta eso de lo cercanos que están los buenos momentos.

11:44 a. m.  

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