24.2.07

Infortunato.

Hace centurias que su familia venía con mal agüero. Uno más que al bajar del barco le cambiaron el apellido, como un insulto de bienvenida al Cono Sur. Su casa despintada y mal cuidada era simplemente una fachada, que escondía a un habitante cuyo derroche era sin igual y mucho más que un por vivir. Su más fiel ayudante, maltratado días y noches, quizás por ser mucho más nativo en su tierra que'l inmigrante, seguía día tras noche lamiendome los pies y lavando la cera de sus orejas con su lengua. A pesar de la tos y de venirse abajo en arrugas y lamentos, seguía a su lado únicamente por el amor al dueño de todas las cosas.
Pero el otro dueño, quien persistía en desconocimiento y derroche, no se agobiaba al ver tanta demencia en sus neuronas. Una tarde de siesta, despertó con un grito de gol que sonaba desde el Franzini y al dar unos pasos en camiseta y pantuflas alcanzó a leer unas letras frías colgando de una heladera, de alguien que nunca más iba a volver. Fue entonces cuando Fortunato, con tantos años de derroche, no tuvo más remedio que acercarse al horno, abrirlo e insertar sus neuronas y su cabeza dentro. Fue una lástima... que no supiera como prender el horno.

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