Reyes del insomnio.
Una tremenda sensación me va sacudiendo el cuerpo y alma de la punta de los pelos a los pies, y es la sensación de no querer respirar, de no querer exhalar ni una mínima gota de basura aérea, para que no se me escape la idea que me está saliendo. No me sale más que escribir y seguir repensando en que lo que está escrito ahora, cuando leés, ya estuvo escrito antes y lo único que voy escribiendo es el destino que hace años se sigue repitiendo. Seguimos rubios, seguimos de pelo largo, siguen las camas y las almohadas. Van cambiando apenas los números en un calendario y las horas en un reloj, van cambiando los colores de las cajas y las formas de las lámparas, los olores del incienso y las razones del incendio. Va cambiando más que nada el fuego de las almas, se va poniendo cada día más azul y menos rojo. El fuego rojo se va extinguiendo y de a poco, se van perdiendo los sueños por calles con techo y asfalto que cubre el calor de la tierra. La mamá se está tapando con progreso y el fuego se tapa de nubes en las caras. Ya no hay sueños, ya no se puede pegar los ojos. No queda otra cosa que mantenerse despierto en este insomnio eterno que perdura tras las noches y los días. Ver la luz pasando por la persiana, anunciando que llega un nuevo día y que todo parece seguir igual, con el techo del mundo blanco, porque le robaron su color, y los rubios y los de pelo largo con los ojos directo al cielo raso, destiñiendose y cambiando de color, con las décadas y los años. La carrera hasta la Luna nunca termina, ni para los cientos de cientificos que auguran con un polvo de estrellas en su mano, ni para el poeta que nadie sabe donde está, que yace junto a la ruta que lo lleva a donde siempre quiso estar. La vida está llena de imposibles, la vida es sueño. En las rutas no hay final.

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