Flores de noche.
Y surfeando sobre un piso de caucho y sosteniendo el equilibrio con la mano agarrando el metal frío y oxidado. Escribiendo adivinanzas mentales en cada viaje de ochenta, en cada viaje de setenta y cinco viajes sin faro que lo llevan por la ciudad. Farolitos que sonríen y se repiten en cada gota que se desliza rebota en las luces y en sus ojos. En el horizonte, vuelan los poemas.

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